01 diciembre 2008

Soy

Yo,
que soy más de gafas
que de lentillas

de barba
que de perilla

de pulseras
que de anillos

de cerveza
más que de vino

de Indurain
que de Perico

de Eto'o
que de Ronaldinho

más de sillón
que de sofá

antes que un baile
prefiero cantar

de Jaén
más que de Graná

de reír
más que de llorar

más que de vivir
soy de soñar.

07 noviembre 2008

Eres luz

Eres luz, eres primavera,
eres fuego, eres tormenta,
eres verso, eres poema.

Eres luz, eres alegría,
eres color, eres vida,
eres verso, eres poesía.

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

15 abril 2008

Sueños

Uno tiende a pensar que los sueños son sólo eso, sueños, que no hay que darles más vueltas. Y sin embargo, a veces resulta difícil diferenciarlos de la realidad. Ya no sólo cuando estás durmiendo que todo lo que sueñas pareces estar viviéndolo si no cuando, despierto, al cabo de un tiempo, tres días, cuatro, una semana después recuerdas algo y resulta que no sabes ubicarlo en un lugar concreto, no sabes si te lo contó alguien, lo viviste tú o lo soñaste.

Esta historia empezó como un sueño de esos, de los que no sabes si realmente fueron sueños, lo viviste o te lo explicaron.

Resultó raro que nos encontráramos de repente ¿Qué probabilidades había? ¿Cuántos millones de persona podían vivir en aquella ciudad? Una ciudad tan lejana de la nuestra, tan distante, tan distinta… Pero nos encontramos, cruzando una calle entre otras decenas de personas que hacían lo mismo. Pero nos vimos. Hubo un momento de indecisión, no podía ser. Ni ella ni yo podíamos creerlo. No era posible encontrarnos allí. Pero allí estábamos. Quedarnos parados en mitad de la calle no fue la mejor idea del mundo pero fue nuestro punto de encuentro. En cuanto el primer coche hizo sonar su claxon dimos un bote y nos apartamos hacia la acera más cercana.

Después de los abrazos, besos, de los quétales, de los cuántotiempos, de los queesdetuvidas nos quedamos en silencio. Parecía que no teníamos mucho más que decir. Nos miramos sonreímos y por un momento pensamos que lo mejor era seguir nuestro camino y recordar con cariño aquel momento. Afortunadamente cambiamos rápidamente de idea y decidimos ir a tomar algo a alguna cafetería cercana.

Recordamos miles de momentos. Habían sido tantos los que habíamos pasado juntos. Reímos mucho pues sólo rememorábamos aquellos miles de momentos divertidos obviando los tristes que, aunque no fueron miles, también fueron unos cuantos y que, en su momento, pesaron mucho más. Fueron un par de horas estupendas. Hacía demasiados años que no nos veíamos, que habíamos decidido que aquellos momentos tristes que ahora callábamos nos separaran. Cuando quisimos darnos cuenta había anochecido. Las luces de las farolas y los semáforos convertían la calle en un intento fracasado de arco iris. Un intento de tres o cuatro colores sobre un fondo negro que la lluvia que había empezado a caer difuminaba y convertía en una borrosa paleta de colores primarios. Intercambiamos teléfonos y quedamos en llamarnos. Los dos sabíamos que no lo haríamos, que aquella había sido una buena tarde, una gran tarde, que habíamos conseguido convertir aquella extraña ciudad en nuestra ciudad por primera vez en mucho tiempo. Pero también sabíamos que aquellas anécdotas, aquellas historias que acabábamos de contar no volverían a repetirse y estaban mejor ahí, en ese rincón donde uno confunde los sueños con los recuerdos para recuperarlas dentro de otro montón de años cuando en otra ciudad que no fuera nuestra, cuando en otro semáforo nos cruzáramos y por un segundo dudáramos de que realmente seguíamos estando nosotros detrás de aquella cara tremendamente familiar.

Tres meses después encontré, reorganizando y borrando teléfonos absurdamente almacenados en mi agenda del móvil su número. Ya prácticamente había olvidado aquel encuentro, era una pequeña luz blanca sobre el fondo negro de la rutina de aquella ciudad. Tan pequeña que comenzaba a apagarse en la distancia. Aquella luz que bien podría ser la luz de un sueño del que te despiertas de golpe sin estar seguro de donde estás y de si lo que estabas haciendo hace un segundo era dormir o vivir. Aquella luz creció, se intensificó al ver su nombre en la agenda. Borró los momentos tristes e iluminó con toda su potencia su sonrisa, su felicidad reflejada en su cara, su sudor compartido con el mío, su olor…

Tardé dos días en atreverme a llamar, en vencer el miedo al NO. Cuando su voz respondió al otro lado del teléfono en aquel extraño idioma que se hablaba en aquella ciudad pensé que la había perdido para siempre. Supe que no había guardado mi número en su agenda como hice yo, que ya se había olvidado de mí. Aún así me identifiqué, quería verla una vez más. Ya la había olvidado, ya no soñaba con ella, ya había conseguido sacarla de mí, guardarla muy dentro, muy en el fondo, en una esquina oscura. Verla en aquel paso de peatones la había devuelto a primer plano, quería verla una vez más.

Tardó un poco en reaccionar, noté en su voz y en su silencio, en su respiración, aquella que una vez tuve en mi cuello, aquella que hubo un tiempo que me necesitaba, que sin mí no era nada, aquella respiración a la que una vez yo daba el oxígeno, que no me reconoció al instante. He vuelto a perder, pensé. Un par de segundos después me saludó efusivamente. Se río por su despiste al no haberme reconocido dejándome oír una vez más, tres meses después y, antes de eso, muchos años después, su risa en mi oído, y me volvió a preguntar que qué tal tres meses después. Intercambiamos algunas frases vacías, a mí ya me valían para escucharla, y me arrojé al vacío, subí al acantilado más grande que encontré y me lancé con los ojos cerrados. Aceptó acompañarme, por los viejos tiempos dijo, pero a mí me daba igual. Ella había vuelto a mi vida.

La cena fue amena pero no divertida, entretenida pero no graciosa, lo suficientemente insulsa para que ella quisiera acabar allí, irse a su casa y no volver a hacer nada por los viejos tiempos. Le sugerí ir a tomar algo sin ninguna esperanza y cuando ella empezó a buscar alguna excusa para rechazar mi invitación entendí que hasta ahí había llegado mi recuerdo, mi sueño, mi encuentro casual con el pasado, con ese rincón abandonado que creí que ya no existía. La ciudad era muy grande, no volveríamos a vernos ¿Qué probabilidades había? ¿Cuántos millones de personas podían vivir en aquella ciudad? No nos encontraríamos nunca más.

Pero no encontró excusa o quizás no se dio por vencida. Quizás pensó que ¡qué diablos! Que por los viejos tiempos tampoco estaba mal tomar una copa después de cenar. Y eso hicimos. Conocía un local cerca de mi casa y no muy lejos de allí. Cogimos un taxi hasta el bar. El dueño me hacía las veces de amigo en aquella extraña ciudad en que las tardes de verano eran demasiado largas para pasarlas solo. Se alegró de verme y se sorprendió más de verme acompañado. Nos sentamos en una de las mesas y pedimos un par de cervezas. El local era tranquilo, se podía hablar y tanto la música como el ambiente hacían del sitio un lugar agradable. Estuvimos charlando mucho rato y unas cuantas cervezas después decidimos que ya era suficiente de brindar por los viejos tiempos. Pensé que era el momento de arriesgar por los nuevos, de intentar brindar por los que vendrán, por los que tenían que llegar de un momento a otro. Quizás fuera un brindis a la soledad o quizás fuera un brindis a su risa en mi oído, a su voz y a su silencio, a su respiración, aquella que una vez tuve en mi cuello, aquella que hubo un tiempo que me necesitaba, que sin mí no era nada, aquella a la que yo daba el oxígeno.

Supongo que la cerveza ingerida ayudó. Supongo que en otras circunstancias, en otra ciudad, no nos hubiéramos visto así, en mi cama, desnudos. Pero aquellas eran esas circunstancias y era aquella ciudad, así que estábamos desnudos en mi cama, charlando, abrazados, sintiéndonos una vez más después de tantos años. Se quedó dormida ella antes que yo y recuerdo que deseé que no despertáramos jamás. Pero la luz que entraba por la ventana me despertó. Abrí los ojos y me giré sobre la cama. Ella no estaba. No había ningún rastro de ella allí salvo un leve olor a su piel que no podía saber si era real o imaginario. Pensé que había sido un sueño, que no estuve con ella anoche, que tres meses atrás no me la había encontrado en un paso de peatones, que no habíamos tomado un café, que la noche anterior no habíamos ido a cenar, a tomar algo y luego a mi casa, que no habíamos estado en mi cama…

Me levanté con un nudo en la garganta y con un mal sabor de boca horroroso. Fui al baño y vomité. Lo hice de tristeza, de amargura. Vomité hasta que ya no tenía nada que vomitar. Llamé al trabajo y dije que aquel día no iría, que no me encontraba bien. Salí del lavabo y me tumbé en el sofá. Lo último que me apetecía hacer era cualquier cosa que no fuera fumar un cigarrillo tras otro en el sofá. Eso hice durante toda la mañana y parte de la tarde.

Cuando por fin me levanté me acerqué a la mesa del salón y comprobé mi móvil. Quería saber si realmente había sido un sueño o no. Busqué en la agenda y encontré su número donde debía estar pero eso solo probaba el encuentro de aquella tarde en aquel paso de peatones. Busqué en el registro de llamadas pero estaba vacío, ni una sola llamada, ni a ella ni a nadie. No soy un hombre muy hablador por el móvil pero por el trabajo tengo que hacerlo muchas veces al día. Solía borrar el registro al acabar la jornada laboral, no quería mirar el móvil antes de dormir y encontrarme llamadas a gente extraña, a gente que de otra manera jamás habría llamado. Cogí esa costumbre hacía ya casi un año y la seguía a rajatabla desde que un día quise buscar en el registro una llamada a un amigo y en las 25 o 30 posiciones que tiene la lista solo encontré llamadas por trabajo. Fue como darse cuenta de que estás atrapado en la rutina. Eso no podía cambiarlo demasiado, no al menos con este trabajo que me absorbe pero al menos podía borrar las huellas, no ser consciente siempre de que no tengo salida. Así que aquello tampoco significaba nada. Hacía ya casi 24 horas desde la hora de nuestra cita y resolví llamarle para evitar perder más el tiempo. La llamé con la misma decisión que el día de antes, ninguna.

Pero esta vez contestó en nuestro idioma, saludó efusivamente una vez más. Sabía que era yo quien llamaba. Un escalofrío subió por toda mi espalda y me erizó la piel desde el culo hasta la nuca. Una sonrisa se dibujó en mi cara y la alegría inundó mi ser como 24 horas antes. No lo había soñado, ella existía, y lo mejor de todo, no escuché en su tono ni una sola pizca de duda, de remordimientos, de arrepentimiento por lo que había pasado la noche anterior.

La conversación fue corta, ella tenía prisa pero quedamos en vernos más tarde, una nueva cena, y esta no por los viejos tiempos, sino por esos tiempos que se avecinaban, que yo veía iluminados.

22 noviembre 2007

Aeván

Aeván despertó de repente, abrió los ojos y se vio en un lugar que no conocía. Aeván no conseguía recordar cuándo y cómo había llegado hasta allí. Antes de despertarse, nada. No era capaz de valorar su edad, no podía saber si tenía 15 años, 60 o 500, no tenía un punto de referencia desde el que empezar a contar.

Aeván miró a su alrededor y, sin embargo, lo reconoció todo, sabía qué era un árbol, qué un pájaro…Aeván sabía distinguir cualquier cosa, parecía saberlo todo sobre ese mundo que le rodeaba. Sabía que del alcornoque se podía hacer corcho, que chocando entre sí dos piedras concretas podía hacer fuego. Todo le era familiar, sin embargo no podía ubicarse.

Empezó a andar, decidió explorar el mundo que le rodeaba. Pronto descubrió que no estaba adaptado al entorno, los pies le dolían pues se clavaba cualquier mínima irregularidad en el terreno, el viento le hacía sentir frío y estar incómodo consigo mismo y cojeaba pues tenía una pierna más larga que otra. Al cabo de un tiempo que no supo medir le entró hambre, sabía qué podía y qué no podía comer así que recolectó los frutos que encontró comestibles y desechó los que podían causarle algún mal. Esto también resultó ser una tarea molesta y difícil pues sus brazos eran demasiado cortos y sus dedos no eran demasiado manejables, necesitaba mucha energía para conseguir arrancar el fruto más pequeño.

Aeván, cuando ya la respiración se le hizo tan pesada que no pudo seguir andando, decidió sentarse a descansar. Debajo de un árbol pudo resguardarse de un Sol que al despertar le había parecido insuficiente y que ahora le asfixiaba. Pronto cayó dormido. Y ya no despertó.

Tuvo un último sueño. Una fuerte voz en su cerebro le hacía despertar y le llamaba, cuando se levantaba de los pies del árbol sobre el que se había echado éste abría una enorme boca para hablar. Pero sólo le decía:

-Lo siento Aeván. He vuelto a fallar, no serás el definitivo.

Fue entonces cuando Dios acabó con la corta vida de Aeván, su enésimo proyecto, para proseguir en busca del ser definitivo, aquél que poblaría y reinaría el Mundo que acababa de crear.

10 octubre 2007

Sin ti

Solía pensar que el amor no es real
que es una mentira inventada
por cuatro ilusos con llantos que justificar

y ahora me doy cuenta de que sin ti no soy nada.

Solía creer que las canciones mentían

que los poetas antes y los cantantes hoy
no sabían muy bien lo que decían
y ahora me doy cuenta de que sin ti no soy.

Solía decir: yo nunca caeré en la trampa esa
resistiré siempre al amor

no hay ojos o sonrisas que merezcan tanto la pena
y ahora me doy cuenta de que sin ti no.

Solía escribir a mujeres de ensueño
a unos irreales labios de rojo carmín

a unos imposibles pechos
y ahora me doy cuenta de que sin ti.

Solía soñar con miles de mujeres
con harenes en los que vivir
con esclavas vestidas con pequeñas pieles
y ahora me doy cuenta de que sin.

Solía obviar el amor
sexo allá donde esté
con quien quisiera hacerlo sin pudor
y ahora me doy cuenta de que .

Solía callar mis deseos
lo que queria siempre ser

por ser poco correctos

y ahora me doy cuenta de.

Solía vivir sin ti

sin soñar con tu pelo
y ahora me doy cuenta
...
de todo lo que te quiero.

04 octubre 2007

Como el Sol cuando amanece

Él solía decir que era libre, que podía ir donde quisiera, que no tenía ataduras, que para qué las quería, él era joven.

Él siempre pensó que sería joven, que sería libre, que podría ir donde quisiera, que no tendría ataduras.

Él de repente se vio viejo de 30 años, ya no se sentía libre, ya no tenía ganas de ir a ningún sitio, sintió que quería atarse. 

Y entonces llego ella, un espíritu libre, que podía ir donde se le antojaba, que no tenía ataduras, un espíritu joven.

Y se enamoró y la persiguió hasta que ella se enamoró de él.

Y juntos se convirtieron en unos viejos de 30 años, que no querían ser libres, que no tenían ganas de ir a ningún lado, que querían ataduras. 

Y ahí fue cuando se separaron, nostálgicos de un tiempo pasado que siempre fue mejor.

V

Anduve
eso fue lo que estuve
haciendo mientras pude

Mirando
el pasar de las nubes
que preguntan a qué huele tu perfume

Pensando
en las palabras que escupe
mi corazón, que tuve
y retuve

Anduve
por la escalera que sube
al lugar donde se reviven tus besos dulces

Cayendo
levantándome, no lo dudes
por saber por qué huele tan bien tu perfume

Creyendo
rezándote, no lo dudes
para agradecerte todo el tiempo que te tuve
que te tengo y que te tendré